Panorama Cajamarquino

La Semana Santa olvidada

La aldea global en que se ha convertido nuestro mundo en la actualidad quizá sea la responsable de la falta de religiosidad de la que hacía gala nuestra tres veces coronada y beata villa hasta hace ‘apenas’ cinco décadas atrás.

Por entonces, la Semana Santa se iniciaba el Domingo de Ramos, día en que los templos amanecían con sus altares e imágenes cubiertos por cortinas moradas en señal de duelo. En la pieza principal de cada casa, por muy humilde que fuere, se encendía una lamparita con mariposita de aceite, en una repisa –con un Crucifijo o la Virgen María– convertida en altar y frente a la cual se rezaba el rosario cada día, con sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, más sus respectivas letanías y credos.

Sentados alrededor de la abuela, escuchábamos pasajes bíblicos: el lunes sobre la última cena; el martes, la oración del huerto; y el miércoles, sobre la traición de Judas y la prisión de Jesús.

El Jueves Santo, a comulgar muy temprano, regresar a casa a tomar chocolate con pan de dulce, y después a portarse como niños bonitos, bendecidos con la hostia mañanera. A las 12 horas, la ciudad entraba en recogimiento total, enmarcado por un silencio casi sepulcral. El tráfico se paralizaba; los trenes no tocaban pitos ni campanas; los ambulantes recorrían las calzadas a pie, halando sus acémilas; teatros, cines y cantinas cerraban sus puertas, y hasta los mosquitos parecían tomarse un descanso. Nuestras madres, tías y abuelas se vestían de riguroso luto, con mantilla y sin adornos.

En el Viernes Santo el misticismo era mayor. Las radios transmitían solo música clásica (la televisión ni se conocía). Los cines ofrecían funciones gratis con películas sobre la vida, pasión y muerte de Jesús, arrancando llantos incontenibles. La carne desaparecía de los mercados. Los niños estábamos obligados a no regañar ni hablar fuerte. Nada de escupir al suelo, jugar fútbol, ni pronunciar malas palabras. ¿Qué hacer? Sentarnos en la puerta de calle a mirar pasar el día en absoluta calma.