Panorama Cajamarquino

La lista de mercado de doña Amalia Puga

Hace muchos años, quizás veinte o algo más, en mis tiempos de estudiante fungía de ayudante de la señora Socorro Barrantes Zurita quien era directora de la biblioteca municipal José Gálvez de Cajamarca en el pasaje Atahualpa.

Era placentero estar en medio de miles y miles de libros llenos cada uno de historias infinitas. Era sencillo viajar a cualquier parte del mundo dentro de sus hojas. Todas las historias reunidas en el papel y la tinta con los conocimientos que nos heredaron hombres y mujeres de otros tiempos.

Los libros más antiguos eran los que daban cuenta de Las leyes de las Indias, con tapa de cuero y con una fina impresión en sus grandes hojas. Varios tomos y varias colecciones de 1600 hacia adelante, firmadas por el rey de España eran una especie de constitución política de las colonias españolas y el Perú era una de ellas.

Había muchas obras de incalculable valor, muchas de ellas, firmadas con dedicatoria por sus mismos autores. Libros añejos que seducían mi alma juvenil con ese olor y silencio que solo las bibliotecas poseen. Libros pulcramente ordenados y codificados en inmensos estantes, algunos sin abrir por años y otros por siglos enteros.

Hurgando un día en los polvorientos estantes descubrí una colección de viejos libros. Libros empastados y amarillentos. En el tomo primero de aquella vieja colección de humanidades encontré una dedicatoria con notable caligrafía: “Para la biblioteca de Cajamarca, mi pueblo y mi estancia…” decía y seguía la firma de la poetisa Amalia Puga de Lozada, ilustre cajamarquina que dejó un gran legado con sus cuentos y poemas.

Revisé a groso modo cada uno de los libros que eran cerca de una veintena y en uno de ellos hice un hallazgo sensacional, entre las vetustas páginas había una hoja de papel que contenía algunos datos: 2 atados de cebolla, 3 kilos de tomates, 1 kilo de ajos, un atado de culantro, sal, especias… El apunte estaba redactado con la misma letra de la dedicatoria en forma vertical a manera de lista. No cabía duda que se trataba de la lista de mercado de doña Amalia, la que guardó alguna vez en uno de sus libros y que olvidó retirar antes de donar esa colección de libros a la biblioteca.

Miré la hoja escrita con fervor porque sabía que era de puño y letra de Amalia Puga y más aún, no era un poema ni un cuento, sino que se trataba de una parte de su vida, de un fragmento de un día en que despojada de su arte narrativo y poético había redactado una cosa tan sencilla como una lista de mercado. Ese papel la humanizaba más que nunca y la revivió como en un sueño, por eso cerré el libro con ternura y lo devolví a su estante, a donde pertenecía. Quizás de aquí a cien años alguien más encuentre la lista de doña Amalia y la recuerde como yo lo hice aquella tarde hace tantos años y otra vez su recuerdo brote más allá del tiempo y de su ausencia.

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