Panorama Cajamarquino

Blanca

Mi hija Azul tiene 9 años y casi toda su existencia la vivió junto a Blanca, una perrita con aires de pekinés porque su raza es en realidad indefinida.

La razón de su existencia siempre fue su mascota a la que ama con infinita ternura. Más allá de las prohibiciones maternas, se las ingenia para darle larguísimos abrazos. Le ha enseñado trucos infinitos y parece tener un don para convencer a los animales, especialmente a los perros, a los que les habla y parece que la entienden a plenitud.

Dicen que los perros pueden ver el aura de las personas y creo que es verdad. Blanca entiende las palabras aunque ella no pueda hablar, es un can obediente y ha crecido junto a Azul hasta convertirse en un anciano can. Alguna vez tuvo una camada y mi hija siguió el proceso de su gestación desde el inicio hasta el día que parió cuatro cachorros.

Azul vive para Blanca y por Blanca. Es la amiga más fiel y entrañable que ha tenido en sus nueve años de vida. Ella creció con Blanca y Blanca envejeció a su lado con esa complicidad que solo los niños con sus mascotas pueden tener. La felicidad de Azul dependía de su coposa amiga de cuatro patas y así fue por siempre hasta el día domingo en que Blanca desapareció de la puerta de la casa.

La tristeza de Azul es inacabable y ha llorado desde entonces todos los días. No hay instante que no la recuerde. Al comienzo salimos a buscarla por las calles aledañas, luego trashumantes cruzamos lugares inhóspitos, por calles que no conocíamos y que no sabíamos de su existencia.

Buscamos por los parques ateridos, con el alma en vilo cada vez que veíamos un perro que en algo se le parecía. Buscamos por el malecón en la margen del río, debajo de los puentes. Revisamos toda la vastedad del mercado de puesto en puesto, los lugares más inimaginables.

Volvimos a los viejos lugares donde solíamos escaparnos del mundanal ruido algunas veces. Seguimos el rastro de otros perros esperando encontrarla en algún lado y si hubiera sido posible revisar bajo el asfalto como si fuera una alfombra lo hubiéramos hecho.

Hicimos carteles con la foto de Blanca ofreciendo una recompensa y salimos con Azul y Urpi, mi otra hija de dos años quien apenas comprendía la magnitud de la tragedia. Despercudidos de vergüenza y del cuidado del ornato pegamos afiches de SE BUSCA en todos los postes y lloramos en silencio de retorno a casa.

“Tal vez hay una manera de hablarle a los hombres, una manera de llegar hasta su corazón…” dice Julio Ramón Ribeyro en su cuento Al pie del acantilado y debe ser así, pero aún no encuentro esa manera.

Mientras tanto seguimos esperando que en cualquier momento alguien llame. Que el rato menos pensado escuchemos a Blanca rascando la puerta, para volver a retomar la alegría y fundirnos en un abrazo largo como esta tristeza.

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