Panorama Cajamarquino

Grimaniel

Ha muerto Grimaniel, él era el matarife de mi pueblo. Hualgayoc es un pueblo frío como un refrigerador. En las mañas el sol apenas calienta los techos mientras unas gotas de agua se deslizan cuando el hielo de la noche empieza a derretirse.

Grimaniel no era un hombre cualquiera, tenía un nombre único. En mi pueblo hay muchos nombres extraños y algunos apellidos también, un amigo apellida Chico y otro que ya no está apellidaba Arrobas. Mi bisabuela tenía un perro al que llamó Trotsky que murió a los veinte años y no con una picota en su cabeza revolucionaria, sino ahorcado en un árbol de saúco, pero esa es otra historia.

Grimaniel ha muerto y su recuerdo viene como el viento, había envejecido con su oficio, compraba y mataba ganado y lo vendía en su casa, era un trabajador independiente que se daba feriados cuando se le daba la gana, al fin y al cabo él era su propio su jefe.

Su casa estaba llena de carne, una carnicería informal que a nadie le importaba que tenga o no certificado de salubridad, nunca lo visitó el departamento de bromatología porque en mi pueblo a las justas hay municipalidad. Grimaniel era un carnicero especialista, mataba y cortaba la carne con destreza, conocía de carnes más que nadie y la fileteaba con pericia y maestría.

Se enfundaba en su poncho de lana, uno grueso que se peleaba con el frío. Usaba unas botas de jebe para protegerse del agua y la humedad y un sombrero de paja. Don Grimo, le decía la gente, -sepáreme una pierna de res o dos brazos de chancho, ya subo a pagarle- le decían. Y Grimo solicito separaba el pedido o despachaba a domicilio y hasta fiaba, porque en Hualgayoc aún se fía sin necesidad de tarjeta de crédito y sin intereses.

Grimaniel era un hombre alegre, a veces se emborrachaba y cantaba sus huaynos hasta que aparecía la luna en el frío cielo hualgayoquino, era vecino de “Pedro Vivirí” y tenía un cercano y eterno competidor “Don Jue” que se llamaba Marcial y que también murió hace poco, era el otro matarife de mi pueblo.

A Grimaniel le habían llegado los años como a todos, se sentaba por las tardes en su puerta acompañado de  Santos, su mujer, y veía como la vida pasaba por su puerta llevándose otros tiempos que aunque él los habitaba ya no eran suyos, ya no le pertenecían.

No sé si había “colgado” los cuchillos y machetes, la última vez que lo vi estaba sentado a la vera del camino, me interrogó por cosas sutiles, esas que se dicen cuando uno se ve después de mucho tiempo y trata de recordar en su memoria un rostro que no alcanza a reconocer. Preguntas como ¿Cómo te ha ido?, ¿Cómo está tu familia?

Las manillas de la vida van pasando y se llevan a la gente entrañable que alguna vez tuvimos en nuestra infancia, hoy se ha ido Grimaniel, mañana no sabemos quién seguirá. Al menos aquella vez alcancé a apretar su mano y a decirle hasta luego, porque estoy seguro que en algún otro lugar y en otro tiempo nos volveremos a encontrar igual que ayer.

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