Panorama Cajamarquino

La tristeza de Lizeth

Fue el 31 de mayo del 2012 cuando Lizeth Vásquez, casi una niña  de 17 años se encontraba en la Plazuela Bolognesi, a diez metros de su casa. Ese día se hacía una olla común en la plazuela para las miles de personas que protestaban en contra del proyecto minero Conga.

En el lugar había una centena de policías antimotines con chalecos antibalas, armados con garrotes y con bombas lacrimógenas hasta en los bolsillos, además de sus armas de reglamento, provistos de robustos borceguís y de varas. Cuando uno de ellos mostró sin titubear lo miserables que pueden llegar a ser algunos seres humanos y pateó las ollas llenas de comida vaciando los alimentos a la pista, la multitud protestó y ahí empezó la desigual batalla.

Los gendarmes se regocijaban dando golpes con sus macanas y lanzando bombas lacrimógenas. Lizeth los miró a la cara y les gritó y se desquitaron con ella. La golpearon entre varios, la patearon y la arrastraron tirando de sus ropas en medio del humo y de los anatemas que la gente lanzaba a los rambos con verdes uniformes.

La llevaron detenida, la trataron como quisieron y se la llevaron  hasta Chiclayo para juzgarla. El fiscal pidió diez años por haber golpeado a varios policías, por haber obstruido una vía y por resistencia y desobediencia a la autoridad… de eso la acusaron y la hicieron llorar mil veces en los juzgados y en los pasillos de los juzgados a donde asistía con su madre.

Gregorio Santos no dijo nada, tampoco Wilfredo Saavedra ni Idelso Hernández Llamo, todos se hicieron los sordos, ciegos y mudos…días después mataron a cuatro en Celendín y a uno en Bambamarca. En Celendín mataron a un estudiante que salía del colegio con balas de un rifle desde un helicóptero.

Pero aquel día todos se escondieron cuando se llevaron a Lizeth, la abandonaron en la orilla de sus días solos en una ciudad que no era la suya en donde tenía que enfrentarse con jueces y fiscales que la citaban cada vez que querían a preguntarle insulsamente por qué golpeó a tantos policías. Lizeth era una mujer endeble y frágil como todas las mujeres del mundo. Sus lágrimas la acompañaban y sus sueños se convirtieron en pesadillas.

Los líderes agacharon la cabeza y la dejaron sola ¿Dónde estaba Jorge Rimarachín que era congresista en esos días? ¿Dónde se escondieron los líderes ambientalistas?… por eso las doctrinas caen y las luchas se terminan, por traiciones que gritan en los oídos de quienes luchan, por silencios que turban cualquier calma. Ayer hizo cinco años que se llevaron a Lizeth un grupo de cobardes armados hasta las uñas y los dientes. De Lizeth nadie se acordó… Por eso he querido escribirle, porque recuerdo sus gritos y su mirada, su llanto y sus palabras. Hoy, ya liberada, estudia sociología y sabe más que cualquier seudo caudillo traidor. Por eso aún me acuerdo de su mirada y de aquellos días que ella guarda bajo su piel, en el fondo de su alma y que hoy miro desde esta última tarde de mayo.

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