Panorama Cajamarquino

Sed y agonía

Unos comen caviar y otros un mendrugo de pan, pero todos tomamos agua. Nuestro organismo está compuesto por el 70% de agua y podemos vivir varios días sin comer, pero solo tres sin tomar agua. Y es gracias a la lluvia que la naturaleza florece y obtenemos productos que nos alimentan. Somos seres que dependemos totalmente del agua.

Las tres cuartas partes del planeta están ocupadas por ella. Es un disolvente universal, sin ella no hay vida y prueba de ello son los desiertos. En su nombre se declararon mártires a los celendinos y el bambamarquino que fueron asesinados por el ejército en el anterior gobierno y aunque ayer que fue el Día Mundial del Agua nadie se acordó de ellos, sin ella la vida sería imposible.

Hoy encontramos agua envasada en las tiendas, porque a medida que han pasado los años el recurso se ha ido extinguiendo, donde antes habían manantiales hoy solo hay desiertos debido a las actividades extractivas como la minería que van dejando poco a poco al mundo en una sed permanente.

Lamentablemente nadie se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde y hoy ese reiterado desdén al agua nos pasa factura. Nuestro planeta sufre un calentamiento global por el uso y abuso de agentes contaminantes que le han puesto a nuestro mundo una fecha de caducidad, un año de expiración tal cual lo tiene cualquier producto que compramos en la bodega.

Hace tiempo que plastificamos al mundo, lo hemos cubierto con una capa de botellas plásticas, de bolsas, de envases descartables, de todo tipo de desechos. El planeta deja de respirar lentamente y la temperatura sube mientras los glaciares se derriten y el planeta reacciona como un organismo enfermo y tenemos fenómenos climatológicos como respuesta. Lluvias extremas que lo inundan todo y que arrasan con todo.

Y surge la paradoja, esa incomprensible contradicción de que son justamente las lluvias las que dejan a las ciudades sin agua potable. Entonces nos damos cuenta y empezamos a preguntarnos en qué fallamos. Nuestro mundo… ese mundo que heredamos por generaciones, pero parece que ya no podremos dejarlo como herencia a quienes vendrán después de nosotros.

El mundo al que llegamos un día sin darnos cuenta y del que hemos extraído casi todos sus recursos hasta el agotamiento. Nos olvidamos que somos seres de agua y que esa misma agua es la que podría acabar con la especie. Esa agüita cantarina que antes oíamos bajar por la montaña  y que hoy la vemos muerta en una botella de plástico en el anaquel de una tienda en una ciudad de cemento.