Panorama Cajamarquino

Que vivan las vacas

Nuestras vacas están de plácemes, han sido reivindicadas gracias a la gran estafa descubierta en Panamá y que luego llegoó al Perú, aquella que le quitó el velo de mentira a una leche que decía tener muchas vitaminas y que en realidad era agua con sabor y color.

Entonces los ganaderos alzaron la voz y se armó la discusión. Y en definitiva no hay nada como las vacas. Leche fresca y pura, tiene sus impurezas y no podemos negarlo. A veces con algunos pelos, propios de su pelaje y otras hasta con rasgos sanguinolentos. Una que otra adulterada con un poco de agua, pero solo con un poco; en cambio la otra, la del tarrito con el dibujito de la vaca,  era agua con sabor y color, era pura agua.

Hoy el precio de la leche natural se ha incrementado en algo porque hay demanda, otros han optado por la avena marca Quaker (esa del viejito que se parece a George Washington). Algunos otros prefieren la quinua que también es muy nutritiva, y hasta la maca que dicen además que es afrodisiaca.

Lo cierto es que la leche en lata ha quedado en cuarentena, satanizada, están en los anaqueles de los supermercados en estoico orden como un ejército con orden de inamovilidad. Por culpa de una marca todas han pagado las consecuencias y nadie se anima a comprar alguna ni por casualidad.

Sigue siendo mejor tomarse un vaso de leche fresca, de esa que traen los ganaderos del valle verde y ya casi extinto. Nada como la leche verdadera, con su nata y su sabor, si es con café o chocolate, mucho mejor.

La gente se burla de los chatos y dicen que tomaron leche de la marca hoy prohibida. Dicen que esa leche es la causante de todos los males que tenemos ahora, desde un político corrupto, hasta un futbolista mediocre. La leche de tarro dejó su apogeo y hoy añora sus años de prosperidad.

Las vacas mientras tanto pasean orondas, mueven la cola y retozan felices en los campos. Han retomado su dignidad vacuna y gritan a los cuatro vientos potentes mugidos  que delatan a todos una felicidad que ya casi habían olvidado.

Los quesos y los quesillos, el yogurt y la mantequilla nuevamente han florecido. Todos queremos lo natural, nada de farsas ni cuentos chinos. Nada como la leche de vaca y los mancebos becerros lo saben mejor que nadie.

En esta historia han ganado las vacas y una vez más nos damos cuenta que somos animales de costumbres. Hoy todos vitorean a las tetas sagradas de las pintadas vacas que retozan en el campo orgullosas de su leche blanca, de su espuma alba.