Panorama Cajamarquino

Padre…

Recuerdo cuando tenía apenas unos años y daba mis primeros pasos cuando vivíamos allá en las alturas de la jalca gélida frente a la bocamina que me daba miedo porque parecía devorarlo todo y enfundado en tu traje gris te internabas en ella al clarear la mañana.

A veces tenía miedo de que no vuelvas a salir de ese monstruo extraño que parecía devorarte cuando entrabas con tu lámpara de carburo. Nosotros te esperábamos en la casa que quedaba en frente, en esa casa de madera en donde mamá había sembrado un rosal en la entrada.

Después volvías con tu mirada triste y ponías un disco de vinil en el tocadiscos Philips de madera, ese que años después me regalaste y al que conservo en mi habitación como un trofeo de guerra de la misma vida…

Pero el tiempo pasó y un día acabamos habitando otras alturas en Jesús María, para esos años ya empezaba a escribir en un colegio junto al parque, en otra ciudad que no era la nuestra, en otra vida que fue convirtiéndose en nuestros últimos días de felicidad. Cualquiera es feliz a los seis años y yo lo era.

Siempre admiré ese valor tuyo para vivir en cualquier lugar del mundo. No tuviste miedo a Chachas en Arequipa, a mitad de la nada, con una esposa que era mi madre y con dos hijos que éramos mi hermano y yo. No tuviste miedo para habitar las alturas telúricas de Hualgayoc en La Morocha ni en Coloradas… siempre te admiré.

El tiempo fue pasando inevitable y fue inevitable también que nos llenemos de distancia y de abandono y un día tuvimos que cargar nuestras tardes felices para ir a sepultarlas en la casa de la piedra de Molino, la cucarda y el cedrón.

Poco a poco nos fuimos distanciando y en nuestro corazón creció el musgo con los días y las puertas de nuestras almas se fueron cerrando más cada día con chirridos y golpes secos definitivos. Fue cuando empezamos a darnos cuenta que nos parecíamos mucho, quizás por eso aparentemente dejamos de querernos.

Aquí no hay culpables. Solo fueron circunstancias distintas. No nos entendimos nunca, quizás porque fuimos los mismos, el reflejo y la sombra el uno del otro. Nada va a cambia nuestra historia que ya fue escrita y vivida. Nada va a cambiar tampoco nuestra esencia, seguimos siendo los mismos.

Nos cuesta decirnos te quiero porque así lo aprendimos, así nos lo enseñaron y no fue tu culpa ni la mía. Apenas queda poco tiempo para las riñas, el tiempo acabó devorándose nuestros sueños, la vida cualquier rato se termina; por eso ahora quiero decirte que nada de eso ya importa, que al final de nuestras vidas tu siempre serás mi padre y yo siempre seré tu hijo… Y aunque no lo aprendimos, hoy me toca decirlo desde esa hondura indefinida de la vida: No sabes cuánto te quiero padre.

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