Panorama Cajamarquino

No juguemos a la ronda

Mientras se busca proyectar una imagen de Cajamarca que sea distinta para el mundo, seguimos siendo los mismos y quienes no están aquí y nos ven desde lejos hasta se burlan de nosotros por las imágenes que proyectamos al mundo como región Cajamarca.

Los noticieros nacionales y también los internacionales nos conocen, por ejemplo, porque un grupo de salvajes golpea a las mujeres por supuestos actos de infidelidad. Cajamarca es la ciudad de las rondas dicen y muestran a un grupo de criminales avalando la golpiza a una mujer.

A fines de los años setenta, Cajamarca se hizo famosa por las rondas campesinas, un grupo de campesinos organizados en Cuyumalca – Chota, que buscaban poner fin al abigeato en lugares en donde no existían instituciones policiales que pongan freno a los actos ilícitos que allí sucedían, surgió. Las rondas se formaron como la respuesta a una carencia y funcionaron bien por años. Si Sendero Luminoso no llegó a Cajamarca fue por las rondas y eso es loable.

La existencia de las rondas campesinas y su aplicación de justicia ha sido materia de estudios por antropólogos, sociólogos y juristas de todo el mundo. No podemos negar que el éxito de ese grupo humano ha sido contundente. Pero una cosa es el campo y otra muy distinta, las zonas urbanas en donde existen entes encargados de hacer cumplir las normas y que garantizan la ejecución de los códigos establecidos por un consenso democrático y universal.

Las rondas campesinas son una cosa y otra muy diferente las rondas urbanas. Conformadas por un grupo de personas que han hecho de cualquier asunto su feudo y que se toman la potestad de intervenir, secuestrar y torturar a quienes se les antoja bajo el amparo ilegal de cierto aval de la población.

Las rondas urbanas no son otra cosa que un esperpento vil de la justicia a la que ellos tanto cuestionan y critican. Han tomado por asalto las calles con el pretexto de la disfuncional justicia legal y han convertido a la ciudad en un escenario dantesco en donde hacen y deshacen entuertos como quijotes de un tiempo actual.

Mientras ellos actúan violentamente, ese zafarrancho de justicia que promueven nos lleva a los cajamarquinos a la pantalla nacional y se nos etiqueta a todos como un grupo primitivo de salvajes que aplican la justicia a su manera. Ahora resulta que un tal Chuquilín es el rostro de Cajamarca y se nos mezcla a todos en ese vulgar actuar.

Somos una ciudad en donde está permitido golpear a las mujeres por las rondas que instan y aplauden esos actos. Después sin el menor reparo y con todo el descaro dicen: No fuimos nosotros, fue su propia familia la que aplicó el castigo. Que tal… conciencia.

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