Panorama Cajamarquino

Lámpara Petromax

La conocí en mi infancia y me acompañó hasta avanzada mi niñez. En el pueblo en donde nací no había luz eléctrica. Cuando la tarde caía las sombras empezaban a dispersarse en medio del frío hualgayoquino hasta que llegaba la noche y lo cubría todo con ese temor que la oscuridad suele añadirle a nuestras vidas.

La lámpara era un instrumento grande en altura e infringía un absoluto respeto, debía medir unos cincuenta centímetros y tenía un asa larga de grueso alambre que la hacía ver aún más inmensa. Su base era redonda, en ella había un tanque con una bombilla y un niple. Seguía luego, desde abajo hacia arriba, la cámara circundada por un tubo de vidrio en donde al centro colgaba una “camiseta” que era la que generaba la luz. Más arriba había una especie de chimenea coronada por un sombrero metálico.

Había que calentarla previamente con algunos papeles torcidos junto a un gasificador que tenía sobre su tanque. Luego se bombeaba el tanque lleno de kerosene  y había que regular la intensidad de la luz que básicamente dependía de la cantidad de aire que se le otorgaba con el bombeo.

Las “camisetas” cuando estaban nuevas parecían un globo tamaño de una berenjena tejido a crochet. Luego de colocarla, al recibir el fuego se extendía y se semejaba mucho a un foco de vidrio pequeño que duraba tres o cuatro días, para luego romperse a pocos y caerse a pedazos. Había entonces que comprar una nueva.

La lámpara emitía un sonido monótono al que todos estábamos acostumbrados. Nos sentábamos en torno a ella y nos abrigábamos en medio del invernal frío que caracteriza a Hualgayoc.  A veces cuando estábamos reunidos todos alrededor de ella, mi abuela nos contaba historias de almas y duendes que nos daban miedo y que nos obligaban a mar su luz por el miedo que teníamos.

La luz de la lámpara era poderosa. Su marca era Petromax y todos la llamábamos así, pero en realidad era una lámpara que tenía esa marca y era la más difundida, la más amada por nosotros que éramos casi seres de la oscuridad entre las inmensas sombras de las frías noches.

Como los insectos buscan la luz, nosotros buscábamos la luz de ella. Cuando la “camiseta” se deterioraba, era hermoso destruirla totalmente convirtiéndola en polvillo en nuestras manos antes de cambiarla por otra. En cada casa había una, en cada calle, en cada baile, en cada vendedor nocturno en la fiesta de agosto.

Mis hijos ya no la conocieron. Mis hijas ven una vieja fotografía y se preguntan que es ese extraño artefacto. Hoy al ver esa antigua foto me he trasladado hasta la calle San Martín, a mi infancia atrapada en esos años. A la risa feliz de mi abuela que un día partió para siempre. Hoy al ver esa vieja foto de la Petromax he sentido su calor casi humano y he escuchado desde el fondo de mi alma las historias que mi abuela me contaba.

One Comment

  • lelis yzquierdo suxe

    que bueno Ud.lo conoció y utilizo, yo era mucho más humilde estudiaba con lamparin que era un tarro de lata llena de kerosene y una mecha de algodón, luego cuando mi mamá se agenció de algunos soles nos compró una lámpara de mesa que tambien funcionaba a kerosene y un tubo de vidrio, realmente envidiaba a los que tenían petromax, pues eran los millonarios.

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