Panorama Cajamarquino

INFORME – COLUMNA EL MIRADOR – Ciudad de…M

 Por: Homero Bazán Zurita

 Me copio el título de una columna que una periodista escribe semanalmente sobre Lima. Y camino por mi Cajamarca y me decepciono por la variedad de incongruencias, desatinos, absurdos e infracciones que los cajachos cometemos todos los días y a todas horas.

 

Veo una tremenda camioneta cuadrada encima de la vereda impidiendo el tránsito normal de los peatones. Igual, con la misma consecuencia, una alfalfera ha puesto toda su carga en la vereda y parte de la calle. Otra vendedora de alimentos, ambulante, que vende comida sin ningún control sanitario y que debe estar infectando a sus clientes con Escherichia coli y Helicobacter pylori (ambas bacterias que indican contaminación por heces fecales), ocupa un par de metros de la vereda y parte de la pista, con mesas y sillas además. En todos estos casos hay que bajar a la pista con riesgo de que te agarre un carro que, casi siempre, va conducido por algún bárbaro chofer.

 

EN LA ESQUINA DE MI CASA…

 

En la esquina de mi casa, así como en otros cruces, viene una vecina –gorda, vieja y fea para más pormenores (¿o será por la cólera que la veo así?)- y bota sus bolsas de basura, muy conchudamente, en días en que sabe que no hay recojo de basura en el barrio, porque ello se hace solo tres veces por semana y por las noches. Muchos otros vecinos siguen este mal ejemplo y hacen lo mismo. La basura es rebuscada y regada por perros vagos y recicladores informales y permanece así por unas 48 horas.

 

En las cuadras 8 y 9 del jirón Sabogal hay una línea amarilla que indica que no se pueden cuadrar vehículos (las calles son muy estrechas); sin embargo, todo el día, hay decenas de carros estacionados. Sí pues, y no pasa nada. Motos, carretillas, triciclos, bicicletas vienen en contra del tráfico sin ningún control; seguro sus conductores creen (como nadie les dice nada) que estos vehículos pueden ir por donde se les pegue su gana.

En varias puertas de bodeguitas hay borrachos bebiendo en plenas veredas y calles, ocupando espacio y hablando destempladamente y muchos comportándose agresivamente, lo que lleva a que los transeúntes tengan que buscar otro camino para poder pasar. Otros arman parrilladas y polladas, con toldos, mesas y sillas, música por encima de los 65 decibeles, vendiendo licor a discreción, y con el mismo enojoso efecto. Estoy seguro que ninguno tiene permiso para vender bebidas.

 

CARNAVAL, CARNAVAL…

 

En el sábado del carnavalón pintan mi puerta y la de otros –uno de ellos recién la había repintado y barnizado- con pinturas de diversos colores, tiradas con baldes; también terminan así las albas paredes de mi humilde vivienda. Y, digo para mí, ya me jodieron estos carnavaleros y no hay nadie a quien reclamar ya que dizque es una costumbre tradicional y que atrae turistas (¿de qué clase?). Y tal actividad está en el programa oficial del carnaval.

 

Unas garzas pasajeras se cagan sobre la capota y los vidrios del parabrisas de mi carro estacionado, desechos que si no los quitas al toque se secan feamente y es todo un trajín limpiarlos. Aquí, si reconozco, no hay a quien echarle la culpa, solo a la naturaleza.

Veo un par de bestias (no les puedo llamar otra cosa) que supongo son pareja, papá y mamá, en una moto lineal; el papá adelante manejando, la mamá atrás como pasajera y al medio de ellos una niña pequeña; los papás –desgraciados- llevan cascos que los protegen de un probable accidente, pero la niña no. Si se chocan ellos tal vez no salgan lastimados, pero su hija se puede reventar los sesos y quedar tiesa, ¿no es cierto?

 

¿A quién echarle la culpa? Fácil sería decir a las autoridades municipales o policiales, que, en verdad, tienen que hacer un control más estricto de tales actividades callejeras. Pero más tenemos que echarnos la culpa nosotros mismos, los ciudadanos por no tener valores y conductas cívicas y ciudadanas. Esto se aprende, más que en la escuela, en la casa. Es responsabilidad de los padres de familia –y. claro, en su momento, los maestros- la de enseñar a tomar conciencia de lo que es la consideración y derechos de los demás y el valor que hay que tener para con nuestra querida ciudad. Si la mantenemos libre de estos actos bochornosos, vamos a ser una ciudad de M, pero no por…erda, sino porque tendremos una Ciudad Mejor (así, con mayúsculas) en la que el respeto a los demás sea un principio permanente.

Ya vengo…la otra semana.