Panorama Cajamarquino

Cuántas veces gritamos ¡Justicia!

¿Qué sentirá un juez peruano y amante del futbol al oír por primera vez el fallo del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS)? ¿Qué habrán pensado aquellos jueces hinchas de Paolo Guerrero al saber que quedaba excluido del mundial por un fallo de un tribunal deportivo? Seguramente que muchos sintieron rabia e impotencia. Habrá quienes han renegado por la medida y hasta se habrá asomado a sus labios la palabra injusticia.

El TAS ha dicho en su fallo inapelable que Paolo Guerrero pudo ser más cuidadoso, que debió evitar correr riesgos y exponerse y que por ello es responsable de que en su examen se haya encontrado benzoilecgonina cuyo principal componente es la cocaína. Que es probable que la haya consumido en un mate de coca, para nada ilegal, pero igual de pernicioso para los resultados.

Cuántas veces en el Perú hemos escuchado gritar la palabra injusticia en las calles y plazas, en los atrios de las iglesias, en los recodos de las calles de los pueblos más alejados. Cuántas veces nos hemos preguntado dónde está la equidad que tanto buscamos ante un problema sucedido.

Pocas veces nos ponemos en los zapatos del otro. Siempre miramos de cierta distancia la tragedia ajena hasta que un día nos toca, hasta que un día llama a nuestra puerta y nos mira a la cara. Entonces comprendemos que de alguna forma la vida es una rueda que gira constantemente y que un día nos tiene arriba y otro podemos estar en el sótano de la vida.

Tengo varios conocidos, amigos y hasta hermanos jueces… aquellos que a menudo sentencian con severidad y que creen tener infaliblemente siempre la razón. Esta vez, tras el fallo del TAS los he visto con sus rostros tristísimos, con su pesadumbre a cuestas y hasta con lágrimas en los ojos pedir a gritos justicia.

La vida es una constante sorpresa. Nada es eterno ni nada permanece sin renovarse constantemente. Nunca nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Hoy nos sabemos víctimas de una injusticia. Hoy sabemos que la justicia es un bien esquivo y que en realidad a nadie le pertenece. Hoy más que nunca nos vemos todos cual somos, humanos al fin, con sentimientos y muy lejos de la añorada justicia.